Muerte


JOSÉ ASUNCIÓN SILVA a los 4 años de edad, Fotografía de Demetrio Paredes, 1869. «El Gráfico», mayo 25 de 1918. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

  
 
  Si la vida de José Asunción Silva no hubiese tenido el desenlace inesperado que tuvo, probablemente ni su figura ni su obra tendrían la atracción que hoy ejercen entre nosotros. Es cierto, continuaría siendo el máximo escritor del siglo XIX en Colombia y quizás insuperado en el nuestro, pero Silva no es Silva sin la leyenda que ha prosperado alrededor de su muerte. Y sin embargo, si olvidamos por un momento ese último acto de miseria, su vida por sí sola es ya una suma de acontecimientos trágicos que la hacen igualmente inquietante: «Nos hiere cada hora -queda escrito-, nos mata la final», dijo en su momento Alfonsina Storni, quien también puso fin a sus días. Silva murió en la «plenitud» de su vida -no había cumplido los 31 años de edad- y no obstante, cuando en la mañana del domingo 24 de mayo, hace cien años, atentó contra él mismo, ya era un hombre viejo, lleno de experiencias. Igual puede afirmarse acerca de su pretendida precocidad en la creación poética, la que, si se mira bien, corresponde a un trayecto creativo que inició cuando todavía era un niño y culminó en plena juventud.
  Silva llevó a cabo su último designio en su habitación, sentado en su cama, en camisa de dormir, todavía vistiendo el pantalón de paño inglés usado el día anterior. En su nochero se encontró el libro El triunfo de la muerte de Gabriele D'Annunzio, que posiblemente había leido momentos antes de dirigir contra su pecho el disparo definitivo. Cansado, sin fe, por su mente debieron pasar los momentos más decisivos de su existencia: su infancia, su juventud, su familia, el recuerdo de Elvira, su quiebra comercial, sus detractores, Paris, Caracas, sus poemas. todo quedaba atrás, oculto en una bruma espesa y fría como la de Bogotá, indefinida como el «recuerdo borroso de lo que fue y ya no existe».
  Nacido el 27 de noviembre de 1865, en el seno de una familia adinerada y de rancia alcurnia, su niñez transcurrió entre los libros y las veladas literarias de los escritores del grupo El Mosaico, realizadas con frecuencia en su casa, y de la que era integrante su padre Ricardo Silva. Crece con los cuidados de su madre Vicenta Gómez y de sus abuelas. Mercedes Diago y Mana Jesús Frade, y desde entonces se le inculcan los valores propios desudase: una formación culta, el cultivo de las buenas relaciones, la finura en los modales y la elegancia en la presentación. Estudia en los mejores centros educativos capitalinos (el Liceo de la Infancia, el Colegio de San José y el Alemán), destacándose como alumno aventajado; no comparte, sin embargo, los entretenimientos habituales de sus compañeros de aula. Se inclina por la lectura y la compañía de sus autores preferidos -Perrault, Andersen, Swift, Pombo, los hermanos Grimm-, concentrándose al tiempo en sus primeros ejercicios de escritura. Posteriormente a esta etapa escolar, su formación fue básicamente autodidacta.
  Son los días más luminosos de su existencia, que pronto se verían empañados por la muerte y la incertidumbre. Cuenta con diez años cuando muere su hermano Andrés Guillermo a causa de una epidemia de sarampión. Un año más tarde, en 1875, fallece su hermano Alfonso, a los 52 días de nacido y, coincidencialmente, un 24 de mayo, fecha en la que veinte años después el mismo se desojaría de la vida. Y faltaría todavía el deceso de la tercera hija del matrimonio Silva-Gómez, Inés Soledad, quien desaparece cuando el poeta está cercano a cumplir sus trece años de edad. En el hogar nacerían, además, otras dos niñas: Elvira, el 2 de marzo de 1872, y Julia, el 10 de octubre de 1877.
  A esta racha trágica se sumarían otros sucesos perturbadores. Desconocido como hijo legítimo de la unión de María Jesús Frade y José Asunción Silva Fortoul, este último poseedor de una de las fortunas más cuantiosas en Colombia, su padre es desheredado y la estabilidad económica de la familia entra en zozobra. El abuelo del poeta, quien se desempeñó como comerciante y tuvo inclinación por la lectura, había sido asesinado en 1864 por ladrones que asaltaron la hacienda Hatogrande, de su propiedad, dejando también herido a su hermano Antonio María Silva Fortoul, quien después del insuceso prefirió residenciarse en París, donde moriría en 1884, días antes de la llegada de José Asunción.
  De otro lado, el poeta comienza a percibir el recelo y la inquina que despierta entre sus compañeros de edad, quienes lo ven como un niño fastidioso y presumido; este tipo de rechazo lo sentirá luego, ya mayor, por parte de escritores y de comerciantes, que le señalarán con apodos tales como «José Presunción», «Niño Bonito» o «La Casta Susana». Mientras tanto, dedica su tiempo libre a la lectura de poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, Víctor Hugo, Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí y otros que descubre en la prensa bogotana o en libros. Comienza, igualmente, sus primeros ensayos en la traducción de textos de Víctor Hugo, de Pierre de Béranger, de Maurice de Guérin, de Théophile Gautier, y la escritura de sus poemas juveniles, que reuniría bajo el título d e Intimidades. Al mismo tiempo, le colabora a su padre en la atención del almacén, iniciándose en el aprendizaje de los asuntos comerciales.

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